Néstor Domínguez

El origen de la forma

Publicado el 18 octubre, 2015

El origen de la forma es un proyecto de intervención en una cueva con pintura fotoluminescente o fosforescente.

Formalmente está constituido por pintura fotoluminescente aplicada a ese espacio (espacio con forma de cueva natural). Esta pintura tiene la cualidad de absorber la luz que le llega y volver a emitirla paulatinamente, de modo que cualquier foco de luz directa que se arroje sobre la pintura deja una huella, un trazo de luz. La obra consiste en aplicar esta pintura a un tramo de cueva, de modo que los visitantes, portadores de un casco de minero con linterna, dibujen un grafismo luminoso al desplazarse por la instalación.

Simbólicamente, la cueva remite a lo mágico y a lo primitivo, a los contrarios nacimiento-muerte, pero también a las ilusiones y la creación de imágenes, como en el caso del mito de la caverna de Platón. El otro elemento principal de la obra, este tipo de pintura, gracias a su poco común cualidad de emitir luz, también se relaciona con lo mágico y la energía vital. La unión de ambos genera en el espacio una pulsión que parece hacer cobrar vida a las paredes y embarga de un simbolismo mágico todo el espacio.

Este proyecto posee diversas dificultades éticas para su construcción. En primer lugar, la idea inicial de utilizar una cueva natural resultaría un crimen medioambiental. En segundo lugar, los riesgos de aplicar este tipo de pintura a un espacio al aire libre, como una mina, deben ser valorados mediante una mirada científica para valorar el riesgo ecológico. El montaje de una estructura en un museo o galería sería posible, aunque el almacenaje, debido a su dimensión resultaría dificultoso.